
La complejidad, entendida como un entramado donde sistemas y subsistemas se interrelacionan, nos muestra que lo social no puede comprenderse de manera aislada. Dentro de este tejido, el conflicto no es una anomalía, sino una condición constitutiva de lo humano. Lejos de ser únicamente destructivo, forma parte de los procesos sociales y políticos, y puede convertirse en motor de transformación, pues está ligado tanto al poder y la dominación como a la posibilidad de generar vínculos pacíficos y de convivencia (Coser, 1961; Busquet Durán, 2017). En este sentido, la propuesta de la paz imperfecta (Muñoz Muñoz, 2004) invita a comprender que gestionar los conflictos no significa eliminarlos, sino transformarlos en oportunidades para atender necesidades colectivas, incluso en contextos de tensiones persistentes.
Asumir el conflicto como parte inherente de la complejidad social implica reconocer su potencial creativo para el diseño: abrir espacios de diálogo, generar relaciones y construir proyectos que fortalezcan la esperanza de vida, la equidad, la inclusión y la no discriminación. Diseñar desde el conflicto es, por tanto, una invitación a mirar la complejidad sin simplificaciones, convirtiendo la diferencia en posibilidad y orientando el diseño hacia la justicia social y la sostenibilidad.
La paz imperfecta se sitúa en todas aquellas situaciones en las que los conflictos se gestionan pacíficamente, es decir, en las que las personas y los grupos humanos optan por facilitar la satisfacción de las necesidades de los otros, conviviendo aún con ciertas formas de violencia.” (Muñoz Muñoz, F. A., 2004)
El conflicto cumple una función decisiva en la construcción de la identidad individual, ya que permite que el yo se diferencie plenamente del entorno. A nivel colectivo, la confrontación con otros grupos no solo reafirma la identidad del propio grupo, sino que también delimita sus fronteras frente al contexto social más amplio. Las enemistades establecidas y los antagonismos persistentes actúan como mecanismos que sostienen las divisiones y jerarquías sociales. Estos conflictos tradicionales, lejos de ser disfuncionales, contribuyen a preservar la visibilidad social de los grupos y a definir la posición de cada subsistema dentro de una estructura social más amplia ( Coser, L. A. 1961).
“Tenemos que considerar el conflicto como un hecho habitual, directamente relacionado con los procesos de poder y dominación y que están presentes en todas las épocas de la historia y en todas las culturas humanas. Dentro de nuestra tradición cultural, la palabra conflicto tiene connotaciones negativas y aparece como una realidad incómoda”. (Busquet Durán, J. 2017, p7)
